Durante años, la sostenibilidad empresarial se presentó como una promesa de futuro. Se hablaba de compromisos, de metas y de una transformación que siempre parecía estar a punto de comenzar. En 2026 el lenguaje está cambiando. La conversación se volvió más exigente porque clientes, colaboradores y comunidades ya no preguntan únicamente qué declara una compañía, sino cómo toma decisiones cuando nadie está mirando.

Un análisis publicado por La Tercera en enero de 2026, a partir de un estudio de Acción Empresas y Azerta, puso una cifra sobre esa expectativa: 73,9% de los encuestados considera alta la influencia de los temas ESG en la reputación corporativa. El mismo estudio mostraba que la alineación entre propósito, estrategia y sostenibilidad pesa mucho más que una campaña aislada de marketing.

La conclusión parece obvia, pero tiene consecuencias prácticas. Si una empresa habla de cuidado y entrega un producto desechable sin explicar su origen, hay una contradicción. Si promete fortalecer a sus equipos y escoge un obsequio genérico que no considera sus jornadas de trabajo, también. La sostenibilidad no empieza en el texto que acompaña una foto; empieza en la decisión que precede a la compra.

El reporte dejó de ser el punto final

El movimiento regulatorio y financiero empuja en la misma dirección. La Comisión para el Mercado Financiero informó en abril de 2026 sobre un ciclo de trabajo en torno a reportes de sostenibilidad e información integrada, una señal de que los datos ambientales, sociales y de gobierno corporativo siguen entrando al centro de la conversación empresarial. El reporte importa, pero solo puede sostenerse si detrás existe una práctica que resista preguntas concretas.

Esas preguntas son cada vez más sencillas y, por lo mismo, más difíciles de evadir. ¿De qué material está hecho el producto? ¿Cuánto tiempo puede utilizarse? ¿Se puede reparar, reutilizar o reciclar? ¿El empaque tiene una función posterior o se convierte en residuo al abrirlo? ¿Qué parte de la cadena productiva se conoce y qué parte se está suponiendo? Responderlas no exige una campaña épica. Exige información ordenada y la voluntad de compartirla.

También exige reconocer que no todo producto debe presentarse como sostenible. A veces la decisión más responsable consiste en reducir componentes, elegir una pieza durable o producir menos unidades y entregarlas a las personas correctas. El impacto no se calcula solo por el material de una taza o una bolsa. También se relaciona con el volumen, el transporte, la frecuencia de uso y la probabilidad de que el objeto permanezca en la vida de quien lo recibe.

La cadena de valor como lugar de aprendizaje

La sostenibilidad se vuelve creíble cuando baja desde el área de comunicaciones hacia compras, operaciones y logística. El Ministerio del Medio Ambiente mantiene documentación y planes de acción sobre consumo y producción sustentables que apuntan precisamente a esa mirada más amplia: el desafío no es una categoría de productos, sino la manera en que se produce, se consume y se gestiona el final de la vida útil.

Para una empresa que prepara kits, regalos o materiales para eventos, esto puede traducirse en decisiones pequeñas pero acumulativas. Diseñar un empaque que no necesite una segunda caja. Evitar mezclas de materiales difíciles de separar. Entregar una guía breve de cuidado y uso. Ofrecer una alternativa sin personalización cuando esa impresión no es necesaria. Coordinar despachos para evitar viajes parciales. Ninguna de estas acciones convierte por sí sola a una marca en referente, pero juntas hacen visible una forma de trabajar.

En febrero, La Tercera reportó avances de empresas chilenas en sostenibilidad junto con brechas persistentes en biodiversidad, inclusión y transparencia financiera. Es una observación importante para cualquier proveedor: no basta con ofrecer una línea “verde” si el cliente no puede comprender qué significa en la práctica. La calidad de la información forma parte del producto.

Menos adjetivos, más decisiones comprobables

El riesgo de esta nueva etapa es responder a la exigencia con más etiquetas. “Eco”, “consciente”, “responsable” y “sustentable” son palabras útiles solo cuando vienen acompañadas de una explicación. Una ficha técnica clara, una fotografía honesta y una conversación abierta sobre limitaciones pueden generar más confianza que una promesa total. Nadie espera que una empresa sea perfecta; sí espera que sepa dónde está y cuál es el siguiente paso.

La sostenibilidad corporativa se parece cada vez menos a una escenografía y más a una disciplina. Hay que comparar, preguntar, registrar, mejorar y volver a preguntar. Cuando esa disciplina se aplica a los regalos de empresa, el objeto adquiere una segunda función: no solo representa a la marca, también muestra cómo entiende el valor, el uso y la responsabilidad de lo que pone en circulación.

El cambio no necesita grandes frases. Puede comenzar con un brief mejor escrito, un proveedor que documenta sus materiales y una decisión de compra que considere lo que ocurre después de la entrega. Ahí, en esa parte menos visible del proceso, la sostenibilidad deja de ser una promesa y comienza a convertirse en una práctica.